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Cuando el diario reflexivo deja de ser una tarea y empieza a acompañar

Eva Cataño García. Profesora Tutora de Prácticas Profesionales de Educación Social y Pedagogía en el Centro Asociado de la UNED en Sevilla.

Tras una formación realizada sobre “El diario reflexivo como herramienta de aprendizaje y acompañamiento”, organizada por el Grupo de Innovación Docente “Prácticas Profesionales” y gestionada por Instituto Universitario de Educación a Distancia (IUED) de la UNED dentro de su Plan de Formación del Profesorado Tutor para el segundo semestre del curso 2025-2026, analizamos 66 cuestionarios iniciales para conocer ideas previas, expectativas y modos de entender la tutoría. Lo que apareció en esas respuestas confirma algo que llevo años observando en el Prácticum: el valor del diario no depende solo de que se pida escribir, sino del tipo de acompañamiento pedagógico que lo hace posible.

Hay herramientas pedagógicas que, a fuerza de ser nombradas, corren el riesgo de parecer transparentes. El diario reflexivo es una de ellas. Está presente en discursos sobre innovación docente, en propuestas de acompañamiento, en planes de prácticas, en orientaciones metodológicas. Y, sin embargo, cuando una se acerca a su uso real, descubre muy pronto que no siempre estamos hablando de lo mismo.

Con el tiempo he aprendido que ninguna herramienta tiene valor por sí sola. Su sentido no está únicamente en el diseño, ni en la consigna, ni siquiera en su aparente potencial. Está en el marco pedagógico en el que se inserta y en la relación que la sostiene.

Eso se me volvió a confirmar con especial claridad a raíz de una formación reciente sobre diario reflexivo que impartimos Susana María García Vargas y yo. Antes de presentar enfoques, recursos o estrategias, nos parecía importante escuchar. Escuchar de verdad. Saber desde dónde estaba pensando la tutoría el profesorado participante, qué lugar ocupaba ya el diario en su práctica, qué expectativas despertaba y qué dificultades nombraban como más urgentes. Para ello diseñamos un cuestionario inicial, y las 66 respuestas recogidas constituyeron, en sí mismas, una pequeña cartografía del momento actual.

Lo primero que me llamó la atención fue que el diario reflexivo goza de una legitimidad pedagógica muy alta. El profesorado lo asocia, de forma muy consistente, con reflexión, autoconocimiento, autorregulación, conexión entre teoría y práctica, pensamiento crítico e identidad profesional. Es decir, el diario no aparece imaginado como una tarea menor ni como un simple registro de actividades, sino como una herramienta capaz de transformar la experiencia en aprendizaje consciente.

Pero, junto a ese reconocimiento tan claro de su valor, apareció también otra realidad: en muchos casos, el diario sigue siendo más una posibilidad que una práctica consolidada. Una parte importante del profesorado afirmaba no utilizarlo todavía en su tutoría o acercarse a él por primera vez. Ese contraste me parece especialmente significativo. Nos habla de una herramienta que interesa, interpela y convoca, pero que todavía no siempre encuentra un lugar estable, acompañado y metodológicamente bien sostenido en las prácticas.

Y quizá ahí se sitúe una de las cuestiones centrales. Porque escribir no equivale a reflexionar. Y pedir un diario no garantiza, en absoluto, que se produzca una elaboración significativa de la experiencia.

De hecho, el principal obstáculo señalado por quienes respondieron al cuestionario fue muy claro: el alumnado tiende a describir lo que hace, pero le cuesta avanzar hacia una reflexión más profunda. Muy cerca aparecía otra dificultad estrechamente relacionada: la conexión entre teoría y práctica. Ambas cuestiones, a mi juicio, forman parte del mismo problema. Cuando faltan tiempo, preguntas, mediación pedagógica y un lenguaje que ayude a interpretar la experiencia, la escritura se queda en la superficie. Se vuelve crónica, secuencia, cumplimiento. Pero no termina de convertirse en pensamiento.

Esto no debería sorprendernos. Reflexionar no es una operación automática ni una habilidad que emerja por simple voluntad. Requiere acompañamiento. Requiere interlocución. Requiere también una cierta suspensión del ritmo productivo que hoy atraviesa tantas prácticas formativas. Y requiere, sobre todo, un clima en el que la duda, la incomodidad, la contradicción o incluso el error no sean penalizados, sino reconocidos como parte legítima del aprendizaje.

En este sentido, una de las cosas más sugerentes del cuestionario fue la manera en que muchos tutores y tutoras nombraban su estilo de acompañamiento. Aparecieron metáforas como faro, puente, copiloto, compañera de viaje, jardinera, andamiaje o sherpa. Me parecen imágenes muy elocuentes, porque remiten a una tutoría entendida no como control, sino como presencia pedagógica. No como supervisión distante, sino como orientación, escucha, sostén y mediación.

Esa dimensión relacional me parece decisiva. Porque el diario reflexivo no funciona mejor por estar bien formulado en una guía docente. Funciona mejor cuando se inscribe en una relación tutorial que pregunta, devuelve, abre, sostiene y ayuda a traducir lo vivido en términos profesionales. Cuando hay alguien que no se limita a corregir lo escrito, sino que acompaña el proceso de elaboración que ese texto intenta poner en marcha.

Por eso me interesa pensar que el problema no está en el diario como herramienta, sino en las condiciones que a veces no logramos construir a su alrededor. En las respuestas del profesorado aparecieron una y otra vez palabras que considero fundamentales: confianza, escucha, diálogo, preguntas, feedback, tiempo, cercanía. También aparecieron propuestas muy concretas: preguntas-andamio, devolución formativa, ejemplos, focos de análisis, espacios de encuentro, legitimación del error, conexión más explícita entre experiencia y categorías profesionales.

Todo ello apunta a una idea que para mí es central: el diario reflexivo no debería pensarse solo como técnica de escritura, sino como espacio pedagógico. Un espacio donde el estudiante pueda detenerse, mirar de nuevo lo vivido, nombrar tensiones, reconocer aprendizajes, revisar posiciones y empezar a construir sentido profesional. Pero ese espacio no se sostiene solo. Necesita una tutoría intencionada, sensible y formativamente comprometida.

Quizá por eso lo más valioso de este proceso no haya sido únicamente confirmar que el diario interesa o que presenta dificultades de implementación. Lo más valioso ha sido volver a constatar que hablar del diario es, en el fondo, hablar de qué tutoría queremos. De si entendemos el acompañamiento como gestión o como relación educativa. De si pedimos reflexión sin crear condiciones para ella. De si concebimos las prácticas como un tiempo de aplicación o como un tiempo de elaboración, de conflicto, de aprendizaje y de construcción identitaria.

Desde ahí, sigo pensando que no necesitamos solo enseñar a “hacer diarios”. Necesitamos seguir afinando modos de acompañar que permitan que el diario deje de ser un trámite y se convierta, verdaderamente, en una experiencia de pensamiento.

Acompañar la escritura reflexiva no consiste en pedir más texto, sino en abrir mejores condiciones para pensar la experiencia. Y tal vez ahí resida hoy uno de los grandes retos del Prácticum en la universidad: no solo ayudar al estudiantado a mirar lo que hace, sino sostener pedagógicamente el proceso por el que esa experiencia empieza, por fin, a significar algo.

Palabras clave
Prácticum; diario reflexivo; tutoría; acompañamiento; escritura reflexiva; identidad profesional; UNED; innovación docente; investigación socioeducativa

Cómo citar esta entrada:

Cataño García, E. (4 de abril del 2026). Cuando el diario reflexivo deja de ser una tarea y empieza a acompañar. Prácticum y Prácticas Profesionales.[Blog]. https://gidpip.hypotheses.org/6590

Aprender haciendo

Diana Castillo Villabona.
Estudiante Grado Educación Social. UNED- Madrid Jacinto Verdaguer

Estimadas(os) compañeras(os), soy Diana Castillo Villabona, de origen colombiano, llevo viviendo en España hace ya más de 20 años y acabo de cursar la asignatura Prácticas Profesionales III que pertenece al tercer año del Grado de Educación Social.
Mi recorrido en la UNED empieza en el 2010, cuando decidí matricularme en Educación Social. He tenido que dejar los estudios en varias ocasiones por motivos personales, pero en el 2019 los retomé con el objetivo de finalizarlos.
Estudiar esta carrera surge de la necesidad de aprender cómo vivir en la diversidad, como explicar a los de mi alrededor que es requisito respetar al otro asi sea diferente en pensamiento, físicamente o en creencias.

Comenzaré contándoles que el sitio donde he realizado las prácticas es un referente para mí por su labor social y antes de solicitar la plaza había buscado información sobre qué hacían, cómo trabajaban y con quién desarrollaban los programas. Mi motivación era máxima y más cuando me hicieron la entrevista y me dieron su aprobación para poder realizarlas. Estoy hablando de la Fundación Tomillo, una organización que trabaja con colectivos vulnerables en riesgo de exclusión social especialmente con programas para niños, niñas y jóvenes. Hay una área de actuación de la fundación localizada en el distrito de Usera en Madrid que se llama “SAI”; un servicio de atención a la infancia donde los menores del barrio acuden después de las clases a diversas actividades como refuerzo educativo, tiempo de ocio, orientación laboral o escuela de musicalidad.

Mis prácticas las he realizado participando en dos de las actividades: en la actividad de refuerzo educativo y en la de tiempo de ocio. Los niños, niñas y jóvenes que participan en estas actividades están escolarizados, muchas veces es el propio centro escolar que les envía a la fundación o remitidos por los servicios sociales.

Durante el comienzo de la intervención como educadora social en prácticas en la actividad de refuerzo educativo, surgió la primera duda acerca de mi identidad como futura educadora social: ¿esta actividad la debería realizar mejor un profesor?, esta era mi percepción inicial cuando empecé con el refuerzo educativo. Pero “esta subjetividad crece a medida que el individuo se relaciona con su entorno” (Tajfel y Turner, 1982, citado en Martín-Cuadrado y García-Vargas, 2019, p.49) me ha permitido pensar y sentir como educadora al relacionarme con el entorno profesional, siendo consciente de pertenecer a un grupo social , aprendiendo, no solo para obtener beneficios, sino también para asumir las consecuencias personales y colectivas de mis actos , lo que me ha ayudado a completar el significado que tengo de mí misma como profesional.

Después de exponer mis dudas a mi tutora de prácticas llegamos a la conclusión que el educador social además de trabajar su identidad personal al auto observarse, debe tener en cuenta el contexto en el que se desenvuelve. No era solo una actividad de refuerzo escolar, había que analizar cómo era la situación individual de cada participante, saber y conocer su expediente y porqué se encontraban allí. Para reconocer ese contexto, la fundación Tomillo, en paralelo con la actividad de refuerzo educativo, realiza un plan pedagógico donde se dedica un tiempo a tratar temas de educación en valores y a reforzar la autoestima y el autoconcepto de cada uno de los participantes. Es llevado a cabo por las educadoras del centro, en el cual también he participado.

A medida que avanzaba en las prácticas se juntaban en mi cabeza la teoría vista en las asignaturas del grado con las prácticas que estaba realizando. Veía que el educador social no solo puede actuar en el campo de la mediación u orientación por ejemplo familiar, sino además en el campo de carácter preventivo. Esa era la palabra clave “prevención”; evitar que los participantes a los que estaba ayudando no llegasen a una situación desfavorable como el fracaso escolar y, por consiguiente, el abandono de los estudios. La misión social de mi profesión era evitarlo.

Entonces decidí indagar sobre los participantes de años anteriores, que había sucedido con ellos, y me llevé una grata sorpresa. La gran mayoría siguen cursando sus estudios, o están ya en orientación laboral, que es otro de los programas de la fundación.

Poco a poco fui asumiendo mi rol, gracias al respaldo del equipo multidisciplinar del centro que me prestaron su apoyo en todo momento. Recordaba el principio deontológico de la “acción socioeducativa” donde como educadores sociales durante el proceso de intervención realizamos un acompañamiento ayudando a que los participantes sean los actores principales de sus vidas. Catálogo de funciones y competencias del educador social. (www.eduso.net). El ser guía de los participantes y que te vean como un referente es básico en nuestro trabajo. Al crear vínculo con los participantes se forma un sentido de pertenencia, donde la fundación es una comunidad de aprendizaje para educadores como para los que asisten a las actividades.

En cuanto a mi participación en la actividad de tiempo de ocio ( normalmente los que acuden a refuerzo educativo , acuden a tiempo de ocio también), fue gratificante y divertida a la vez. Tuve la oportunidad de aplicar las competencias adquiridas como monitora de ocio y tiempo libre. Además me sirvió para tener una visión mas global de las actitudes y conocer más las aptitudes de los participantes. Este era un momento de distensión, donde como educadora en prácticas tenía la iniciativa para desarrollar dinámicas grupales y actividades manuales.

Mi implicación con las prácticas ha sido por cuestión de tiempo un poco difícil, ya que trabajo en las mañanas como técnico informático y por las tardes acudía a la fundación. Agradezco a la tutora de prácticas Susana Garcia Vargas y a mi tutora del centro Cristina Pérez Cabrillo, por dedicarme su tiempo ya que sin ellas no hubiera podido entregar la documentación requerida.

Con respecto al plan de trabajo de la asignatura debo decir que realizar el diario me ha resultado complicadísimo, ya que no conseguía en principio verlo como algo mío, si no solo como registro del trabajo realizado. Poco a poco y gracias a las correcciones de la tutora, me fui involucrando y expresando lo acontecido como yo lo veía forjando así mi identidad profesional en los momentos determinados.

Esto me llevó a reflexionar, auto reflexionar mucho sobre la práctica socioeducativa que estaba realizando, a analizar el porqué de ciertas actitudes de los participantes, teniendo en cuenta la labor de educadora donde debo ofrecerles mi ayuda para dar respuestas a sus necesidades y garantizar asi su crecimiento personal (Quintanal y Goig, 2020).

El hecho es que continuaré realizando Prácticas Profesionales IV en la Fundación Tomillo con todo mi esfuerzo y entusiasmo y pensando que en un futuro, puedo continuar trabajando con ellos ya como una educadora social.

Referencias

– Consejo General de Colegios oficiales de Educadores Sociales. Catálogo de funciones y competencias del educador social. www.eduso.net
– Martín-Cuadrado, A.M. y García-Vargas, S.M. (2019). El profesional en la intervención socioeducativa. Construcción de su identidad desde la práctica. En Ana María Martín-Cuadrado y María Julia Rubio Roldán (Coords.) La intervención socioeducativa: diseño, desarrollo y evaluación (Volumen I) (pp. 25-80). Universidad Nacional de Educación a Distancia–UNED.
– Quintanal Díaz J. y Goig Martinez R. (2020). Miradas a la realidad social. CCS.

Cómo citar esta entrada

Castillo Villabona, D. (28 de febrero del 2023). Aprender haciendo. Prácticum y Prácticas Profesionales.[Blog].https://gidpip.hypotheses.org/5265